Di a luz sin mi esposo, aunque él estaba en el mismo hospital acompañando a otra mujer y a su bebé. Horas después me dijo: “Fue un error, no quería que sufrieras”. Yo no discutí; pedí una prueba de ADN y revisé nuestras cuentas. Lo que encontré después no fue solo una infidelidad, sino meses de dinero y mentiras familiares escondidas.

Mi madre soltó una risa seca.

—Qué práctico. Su hijo arma dos familias y la responsable de destruir el hogar sería mi hija.

Les dije que, al recibir el alta, me iría con mi madre.

Sebastián se puso rígido.

—No puedes llevarte a Mateo sin hablar conmigo.

—Ayer ni siquiera sabías a qué hora nació.

Teresa se acercó a la cuna.

—Mateo es un Rivas.

Mi madre se colocó frente a ella.

—Mateo es un bebé, no una sucursal de su empresa.

Esa tarde llamé a Daniela Cruz, abogada de familia. Le envié capturas, mensajes y los movimientos de nuestra cuenta conjunta.

Dos horas después me llamó.

—Mariana, hay algo que debes ver.

Durante seis meses, Sebastián había transferido dinero a una cuenta que yo no conocía: renta, consultas, medicamentos y gastos de maternidad. Varias transferencias tenían como beneficiaria a Fernanda.

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