Diez años atrás, la prima de doce años de mi marido sustituyó el confeti de nuestra boda por huevos podridos y convirtió mi vergüenza en el chiste de toda la familia. “Perdónala, todavía es pequeña”, me pidieron. Nunca recibí una disculpa sincera. En su boda, con mi hijo de nueve años a mi lado, sonreí al ver lo que estaban proyectando…

—¿Camila? ¿Tu prima?

—Sí. Ya tiene veintidós años. Parece mentira cómo pasa el tiempo.

Aquella misma noche cancelé mi participación en una importante negociación de mi empresa. Mi jefe me advirtió que estaba comprometiendo una oportunidad de ascenso.

Pero había algo que necesitaba resolver.

El sábado siguiente llegamos a Atlixco. Mateo llevaba una pequeña caja transparente con un sapo que había encontrado en nuestro jardín.

Ricardo quiso obligarlo a dejarlo.

—No quiero animales asquerosos en una boda.

—Está bien cuidado y dentro de su caja —respondí—. No molesta a nadie.

Apenas entramos en casa de los tíos, Camila nos recibió luciendo una bata de seda.

—¡Miren quién llegó! ¡Mi prima favorita!

Después tomó una tableta electrónica y llamó a Mateo.

—Ven, pequeñito. Te voy a enseñar algo divertidísimo de tu mamá.En la pantalla apareció mi boda de diez años atrás.

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