Camila se colgó de su brazo.
—Esteban gana muchísimo dinero. Sus papás le compraron una casa preciosa y tenemos una camioneta nueva. Después de casarnos, ya no voy a tener que preocuparme por trabajar.
Mi suegra asentía orgullosa.
Entonces Camila lanzó su verdadera petición.
—Mariana, todavía debemos doscientos ochenta mil pesos del salón, la decoración y otros servicios. Como tú eres directora y ganas tan bien, pensamos que podrías encargarte de ese pequeño pendiente.
Me quedé mirándola.
—¿Pensaron?
—Tu suegra dijo que seguramente aceptarías —intervino Esteban—. Después de todo, somos familia.
Ricardo me tomó del brazo.
—Hazlo, Mariana. Es un regalo de bodas. No seas tacaña.