Luego puso el plato de sopa delante de mí.
No toqué la cuchara.
—¿Qué lleva?
Se detuvo.
—¿Otra vez con esto?
—No. Esta vez respóndeme.
Se sentó frente a mí.
Le conté lo que había dicho el médico.
Durante varios segundos, su rostro no cambió en absoluto.
Ese silencio me asustó más que cualquier respuesta.
Entonces Daniel se levantó.
Yo ya me estaba preparando para lo peor.
Pero caminó hasta un armario, sacó una carpeta gruesa y la puso sobre la mesa.
—¿Recuerdas hace diez años, cuando la luz del sol empezó a hacerte sentir muy mal?
Me quedé en silencio.
Claro que lo recordaba.
Durante meses había sufrido una debilidad inexplicable, dolores de cabeza y fuertes reacciones en la piel.
Los médicos habían tenido dificultades para entender qué lo causaba.
Daniel abrió la carpeta.
Dentro había viejos informes médicos.
Recomendaciones.
Planes de alimentación.
Notas del médico.
Señaló una de las páginas.
—En aquel momento, el médico me dijo que ciertos nutrientes y antioxidantes parecían ayudarte, mientras que la luz solar intensa empeoraba tus síntomas.
Lo miré.
Luego miré la sopa.
—Quieres decir que…
—Empecé a preparar esta sopa basándome en esas recomendaciones. Con los años fui ajustando los ingredientes después de hablar con el médico.
—Pero ¿por qué nunca me lo dijiste?
Sonrió levemente.
—Porque la primera vez que te dije lo que llevaba, te negaste a tomarla durante tres días. Dijiste que odiabas la mitad de los ingredientes.
Entonces lo recordé.
Era verdad.
Pero con el paso de los años, aquel detalle había desaparecido por completo de mi memoria.
—¿Y las cortinas?
Miró hacia la ventana.
—Empecé a cerrarlas porque el sol de la tarde daba directamente sobre la silla donde siempre te sentabas. En aquel entonces, el médico nos dijo que debíamos limitar al máximo la exposición a la luz solar intensa. Después de un tiempo se convirtió simplemente en una costumbre. Ni siquiera me di cuenta de que podía parecerte extraño.
Al día siguiente, Daniel vino conmigo al médico.
Llevó la lista completa de ingredientes.
El médico la leyó con atención.
Entonces sonrió.
—Ahora lo entiendo.
No había nada peligroso en mis resultados.
Todo lo contrario.
El médico estaba sorprendido de lo estables que eran algunos de mis valores para mi edad.