Me dedicó una sonrisa de disculpa.
—Lo siento, cariño. Últimamente se me olvida todo.
Le besé la frente.
—No importa, Robert. Recordaremos las cosas juntos.
Aquella noche se quedó dormido mientras sostenía mi mano.
Y yo permanecí sentada a su lado durante mucho tiempo, pensando en todos los años que habíamos perdido por miedo a decirnos la verdad.
Sí, quiero volver a tener el cabello largo.
Pero hoy, lo que más deseo en este mundo es que mi esposo recuerde mi nombre durante el mayor tiempo posible.
Y si algún día deja de reconocer mi rostro, volveré a sentarme a su lado, tomaré su mano y le diré:
—Hola, Robert. Me llamo Margaret. Llevamos 45 años casados. Y todavía te amo.
Porque a veces, detrás de los secretos más dolorosos, no se esconde la falta de amor.
Sino un miedo insoportable a perderlo.