Durante cuatro interminables años, mi suegra, doña Constanza, no fue más que un alma en pena, confinada en una cama articulada dentro del caserón familiar a las afueras de Segovia.
Su cuerpo marchito apenas le permitía emitir débiles quejidos guturales y miradas cargadas de una tristeza devastadora.
Sin embargo, aquella tarde de tormenta, al empujar la puerta de roble para cambiarle el vendaje, sentí cómo la sangre se me congelaba instantáneamente en las venas.
Bajo la pesada manta de lana castellana, su vientre presentaba una deformidad espeluznante.
Se había hinchado de forma descomunal, proyectándose hacia arriba con una rigidez pétrea y antinatural, idéntica a la de una mujer en avanzado estado de gestación: una estampa macabra e imposible para una anciana postrada e inmóvil desde hacía cuatro años.
—¡Lorenzo, ven rápido! —chillé con un hilo de voz ahogado por el pánico.