de la cocina.
La piel estaba completamente roja.
Los ojos llenos de lágrimas.
Los labios apretados para no suplicar.
Durante años se convenció de que Alejandro solo tenía un carácter fuerte.
Que Rebeca era egoísta, pero inofensiva.
Que las familias a veces se entrometían demasiado.
Que el matrimonio significaba soportar dificultades.
Pero nadie debería soportar que la persona que prometió amarla le arrojara café hirviendo al rostro.
Alejandro tomó las llaves del automóvil.
—Voy por Rebeca. Cuando regrese, más te vale haber aprendido la lección.
La puerta se cerró de un portazo.
Valeria quedó sola en la cocina.
El olor amargo del café quemado seguía impregnado en su ropa mientras una decisión silenciosa comenzaba a crecer dentro de ella.
Envolvió hielo en una toalla.
Tomó su bolso y sus documentos.
Y salió del departamento sin siquiera apagar la computadora.