Valeria levantó la mirada.
—Entonces no quiero solo el divorcio.
—¿Qué quieres?
—Quiero que todos sepan la verdad.
La noticia apareció una semana después.
No porque Valeria hablara con la prensa, sino porque Alejandro trabajaba como vendedor
desde su arresto, Alejandro lloró.
No por Valeria.
No por la quemadura.
No por el daño que había causado.
Lloró porque su hermana lo había traicionado antes de que él pudiera traicionarla.
El proceso duró varios meses.
Valeria declaró una sola vez.
Entró al tribunal con una cicatriz tenue en la mejilla izquierda y una serenidad que Alejandro no reconoció.
Él la observó desde el otro lado de la sala.
Había adelgazado.
Llevaba un traje barato.
Ya no parecía el hombre encantador que conquistaba habitaciones enteras con su sonrisa.
Parecía pequeño.
Cuando Valeria terminó su declaración, Alejandro pidió hablar con ella.
—Solo cinco minutos —suplicó a través de su abogado—. Necesito pedirle perdón.