Durante la cena, alguien golpeó la puerta con fuerza. Mi padre susurró: «Por fin han venido a llevarte»… Ni siquiera podía moverme

Papá respiró profundamente.

—Si te lo digo ahora, no me creerás.

Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Quise escapar por la salida trasera, pero mamá me rodeó con sus brazos.

—No tengas miedo —susurró—. Llevamos tres meses esperando este momento.

Tres meses. Exactamente el tiempo que había pasado desde mi divorcio. Papá giró la llave y abrió lentamente la puerta.

Al otro lado había dos hombres vestidos con ropa oscura. Detrás de ellos estaba el mismo automóvil negro que había visto frente a mi apartamento.

Uno de los hombres sostenía una carpeta llena de documentos. Pronunció mi nombre completo.

—Sí —conseguí responder apenas.

Abrió la carpeta.

—Hemos venido para llevarla al lugar que, desde hoy, le pertenece oficialmente.

Lo miré completamente sorprendida.

—¿Qué?

En aquel momento, mi hermano mayor, Daniel, salió de detrás del automóvil negro. Se había mudado al extranjero tres años antes. En las manos sostenía una pequeña caja envuelta con una cinta roja.

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