«¿Nuestra madre es tu hermana?».
Sus labios temblaron.
«Mason, por favor…».
«¿Ella intentó encontrarnos?».
Beatrice bajó la mirada.
Y ese gesto fue suficiente.
Saqué el teléfono del bolsillo y llamé a Simon.
Respondió al segundo tono.
«¿Qué pasa? ¿Ya estás con ella?».
Miré a Beatrice, que parecía haber envejecido diez años en unos pocos segundos.
«Simon, necesito que vengas aquí».
«¿Qué ha pasado?».
Tragué saliva.
«Nuestra madre no nos abandonó».
Al otro lado de la línea reinó un silencio absoluto.
Después, mi hermano preguntó con la voz rota:
«¿Qué acabas de decir?».
«Ven. Te lo contaré todo cuando llegues».
Colgué.
Beatrice empezó a llora