Cinco segundos después llegó un mensaje.
«Lucía, contesta. Tenemos que hablar antes de que metas a más gente en esto».
Luego otro.
«Valeria se confunde cuando está cansada».
Y uno más.
«No permitas que nadie revise mis cosas de la
casa».
Ese último me dejó inmóvil.
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Hasta ese momento yo no había hablado con nadie sobre revisar la casa.
Ni siquiera había decidido qué iba a hacer con la lámpara.
La doctora Irene regresó y me preguntó si quería mostrarle los nuevos mensajes.
Se los enseñé sin agregar interpretaciones.
Ella leyó únicamente lo que estaba frente a ella.
—Guárdelos —me dijo—. Y trate de no alterar nada relacionado con ese dispositivo.
Asentí.
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Valeria seguía escuchándonos.
Así que cambié de tema.
—¿Quieres agua, mi amor?
Negó con la cabeza.
—¿