Sofía, de 6, se aferró a mi mano.
—¿Tienes que irte otra vez, papá?
Sonreí aunque no tenía ganas.
—Es una reunión importante en Toronto.
Era mentira.
Mi avión privado no despegaría.
No había reunión.
Ni siquiera había reservado hotel.
45 minutos después de atravesar en mi camioneta los portones de mi residencia en Bosques de las Lomas, regresé por una entrada de servicio junto a Héctor, mi jefe de seguridad.
Nadie debía saberlo.
Mucho menos Renata.
Mi prometida.
La mujer con la que pensaba casarme en
3 meses.
La noche anterior, mientras cenábamos, Renata había deslizado una frase que no me dejó dormir.
—Confías demasiado en Marisol.
Marisol llevaba casi 5 años trabajando conmigo. Primero había llegado como empleada doméstica, pero después de la muerte de mi esposa se convirtió, casi sin que yo lo notara, en una de las personas más cercanas a mis hijas.