Antes veía cariño.
Ahora empezaba a preguntarme si Renata tenía razón.
Por eso inventé el viaje.
3 meses antes había autorizado una renovación completa del sistema de seguridad de la casa. Más de 30 cámaras discretas cubrían pasillos, salas, cocina, jardines y accesos comunes.
No había cámaras en dormitorios ni baños.
Pero sí suficientes para descubrir qué ocurría cuando nadie creía que yo estaba mirando.
Entré al cuarto de monitoreo.
Héctor cerró la puerta detrás de nosotros.
Frente a mí había una pared llena de pantallas.
Audio activo en las áreas comunes —me informó.
Me senté.
—Quiero saber qué pasa en mi casa cuando todos creen que estoy a miles de kilómetros.
Durante los primeros minutos me sentí ridículo.
Marisol limpiaba la cocina.
Mis hijas desayunaban.
El jardinero trabajaba afuera.
Todo parecía perfectamente normal.