Entonces apareció Marisol.
No gritó.
No discutió.
Simplemente caminó hasta quedar entre Renata y mis hijas.
—Señorita Renata, solo estaban leyendo mientras esperaban a su maestra.
Renata giró hacia ella.
—¿Te pedí tu opinión?
—No.
—Entonces recuerda cuál es tu lugar.
Marisol bajó la mirada.
—Sí, señora.
—Eres una empleada. No eres familia. No eres su madre. No eres nadie aquí.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Pero lo peor ocurrió cuando Valeria tomó la mano de Sofía.
Lo hizo sin mirar a nadie.
Un gesto automático.
Como si las 2 supieran exactamente lo que venía después.
Entonces comprendí algo aterrador.
Aquello no era
la primera vez.
Hacía meses que mis hijas intentaban decirme algo.
Y yo había estado demasiado ocupado para escucharlas.
Renata se inclinó hacia ellas.
—Arriba. Las quiero fuera de mi vista.
Sofía miró su conejo.