—¿Y el escándalo público? ¿También era necesario?
—No. Eso fue un error mío.
Su admisión me sorprendió.
—¿Cómo dice?
—Que fue un error. Y que tendrá derecho a exigirme explicaciones cuando esto termine.
Cerré los ojos.
—¿Por qué iba a confiar en usted?
—No debería hacerlo solamente porque se lo pida. Mañana a las siete y media recibirá una citación oficial de Cumplimiento Normativo. Lleve una copia de su agenda quirúrgica del día de la intervención.
Antes de colgar añadió:
—Y, Valeria… no borre mis mensajes.
Era la primera vez que pronunciaba mi nombre.
No sonó íntimo.
Sonó como si estuviera advirtiéndome de algo realmente grave.
- La mujer del mostrador
A la mañana siguiente llegué al hospital a las siete.
Mi nuevo puesto estaba junto a las puertas automáticas de consultas externas.
Una mesa de plástico gris, un ordenador antiguo y un cartel que decía INFORMACIÓN AL PACIENTE.
Habían colocado mi nombre en una pequeña tarjeta.
«Dra. Valeria Salazar — Atención al usuario».
Durante unos segundos me quedé contemplándola.
Ocho años de operaciones.
Y ahora debía indicar dónde estaban los ascensores.
—Buenos días, doctora.
Levanté la vista.
Era Clara Montes.
Llevaba una bata impecable y una expresión falsamente compasiva.
—Espero que te adaptes pronto. Sé que debe de ser difícil pasar de dirigir un equipo a organizar turnos.
—Buenos días, Clara.
—Por cierto, el doctor Vidal ha propuesto que asuma tus responsabilidades mientras dure la reorganización.
—Enhorabuena.
La sonrisa se le ensanchó.
—Gracias. Siempre he pensado que cada persona acaba ocupando el lugar que merece.
Se alejó haciendo sonar los tacones.
Yo me senté.
A las ocho atendí a un anciano que no encontraba Rehabilitación.