—Solo quiero terminar mi tratamiento —susurró.
—Debiste pensarlo antes de enfermarte —respondió Selina, cruzándose de brazos.
Abrí la puerta. La maleta cayó al suelo con un golpe seco. Godofredo dejó caer su vaso. Selina se llevó la mano al pecho. Fedra me miró como si estuviera viendo un fantasma.
—Damián…
Crucé el patio en tres zancadas y me arrodillé junto a ella. Cuando la levanté en brazos, pesaba menos que un saco de arroz. Olía a cloro, a medicina y a ropa húmeda.
—Ya estoy en casa, mi amor.
Ella repetía mi nombre entre sollozos, aferrada a mi camisa como si tuviera miedo de que yo volviera a desaparecer. Selina empezó de inmediato a decir que las cosas no eran lo que parecían. Que Fedra se había vuelto insoportable desde que se enfermó. Que pedía dinero, que rompía cosas, que había robado joyas.