**El relojero de los segundos robados**

el cristal del mostrador.

*Tic. Tic. Tic.*

El sonido estaba mal. Era un sonido pesado y húmedo, como un corazón luchando contra una caja torácica cerrada. Elías miró hacia abajo. El reloj no tenía esfera, solo una caja de obsidiana pulida. Y a través del cristal, los engranajes giran en sentido contrario a las agujas del reloj.

—Está atascado —dijo el extraño. Su voz sonaba como hojas secas arrastrándose sobre el pavimento—. En el exacto momento en que ella cruzó la puerta. Arréglalo, relojero. Dale cuerda hacia adelante, y te devolveré el recuerdo.

El aliento de Elías se entrecortó. Conocía ese reloj. Él mismo lo había hecho treinta años atrás para su esposa, Clara. Había grabado una pequeña luna creciente en la parte posterior. Pero Clara no había simplemente cruzado la puerta; se había desvanecido en la niebla matutina sin dejar rastro, dejando solo el reloj sobre la mesa de

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