Entonces Ernesto me entregó discretamente una última hoja.
Arriba aparecía un nombre que conocía demasiado bien.
Mauricio Alcázar.
Mi propio tío.
El hombre que durante años había sido la mano derecha de mi padre.
Y junto a su nombre había transferencias, correos y llamadas con Daniela.
Levanté la vista.
Ernesto habló en voz baja:
—Mariana, la amante de Adrián no es el final de esto.
Sentí un frío recorrerme la espalda.