Encontraron a mi esposo inconsciente en el departamento de una compañera a las 2 de la mañana, y ella llevaba pijama, el cabello mojado y sus sedantes estaban en la sangre de él. “No pienses mal”, me pidió mi suegra. Yo guardé silencio, firmé el ingreso a terapia intensiva y conservé las pruebas; días después, una grabación explicó por qué todos temían que revisara sus cuentas.

—¿Eso importa ahorita?

Miré directamente a Valeria.

—En tu departamento, ¿verdad?

Ella bajó los ojos.

—Fue a llevarme unos documentos del proyecto.

—¿A las dos de la mañana?

Antes de que respondiera, salió el médico.

Mauricio había llegado con alteración severa del estado de conciencia, vómito aspirado y dificultad respiratoria. Ya lo habían intubado. Su nivel de alcohol era peligrosamente alto y, además, los análisis habían detectado benzodiacepinas.

—¿Él toma algún medicamento para dormir? —preguntó el doctor.

Valeria se puso blanca.

—Las pastillas son mías.

La miré.

—¿Cómo terminaron tus pastillas dentro del cuerpo de mi esposo?

—El frasco estaba en mi sala. No sé qué pasó. Cuando no pude despertarlo llamé a la ambulancia.

Teresa volvió a ponerme la hoja enfrente.

—Mariana, por favor. Llevan diez años casados. Estamos hablando de una vida.Tomé la pluma.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *