Decoramos la sala con globos amarillos.
Cuando llegó el momento de apagar las velas, Camila se quedó mirándolas.
—¿Puedo pedir dos deseos?
—Puedes pedir todos los que quieras —le dije.
Cerró los ojos.
Sopló.
Sus amigas aplaudieron.
Más tarde, cuando todos se habían ido, encontré una pequeña tarjeta sobre mi cama.
Era de Camila.
Decía:
“Mamá:
El año pasado pensé que mi cumpleaños era el peor día del mundo.
Este año entendí que no era mi cumpleaños lo que estaba mal.
Eran las personas que me hacían sentir que yo estaba mal.
Gracias por creerme.
Te quiero.”
Me senté en la cama y lloré.
Camila apareció en la puerta.
—¿Por qué lloras?
Me limpié las lágrimas.
—Porque te quiero muchísimo.
Ella sonrió y vino a abrazarme.
Entonces recordó algo.
—Ah, se me olvidaba.
Sacó su celular.
—Papá me mandó un mensaje.