Y enseñarle que nadie, ni siquiera alguien de su propia familia, tiene derecho a convertir su miedo en una herramienta para controlarla.
El cumpleaños número diez de Camila comenzó como uno de los peores días de nuestras vidas.
Pero terminó convirtiéndose en el día en que ella dejó de cargar con los secretos de los adultos.
Y yo dejé de confundir silencio con paz.
Porque aquella noche no destruí a mi familia, como Teresa había dicho.
Solo dejé de permitir que mi hija fuera quien pagara el precio de mantenerla unida.