Entré en mi cocina y encontré a una niña de 10 años de rodillas, recogiendo macarrones del suelo mientras la administradora amenazaba con echar a su madre. “Tu madre se marcha hoy mismo”, dijo. No discutí: ordené revisar salarios, proveedores y 24 meses de cuentas. Entonces vi en la mano de la niña una insignia con “S.A. 1978”, idéntica a la que mi padre guardaba bajo llave.

Canceló de inmediato su acceso a cuentas y documentación.

El despacho jurídico gestionaría el resto.

Cuando Mercedes salió, se encontró con Elena en el pasillo.

Ella había acudido únicamente para entregar unos documentos médicos.

Las 2 mujeres se quedaron frente a frente.

Mercedes miró primero a Elena y después a Clara, que esperaba sentada junto a la puerta.

—Todo esto empezó por un plato de pasta.

Elena negó lentamente.

—No.

—¿No?

—Empezó mucho antes. El plato solo hizo que alguien mirara.

Mercedes pareció querer responder.

No lo hizo.

Dejó sus llaves sobre una consola y se marchó.

Las semanas siguientes fueron extrañas.

Elena permaneció de baja.

Al principio intentaba levantarse cada mañana a la misma hora para limpiar el pequeño piso que compartía con Clara.

No soportaba sentirse quieta.

Clara terminó escondiendo la fregona.

—El médico ha dicho descansar.

—No ha dicho que viva en un vertedero.

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