Entré en mi cocina y encontré a una niña de 10 años de rodillas, recogiendo macarrones del suelo mientras la administradora amenazaba con echar a su madre. “Tu madre se marcha hoy mismo”, dijo. No discutí: ordené revisar salarios, proveedores y 24 meses de cuentas. Entonces vi en la mano de la niña una insignia con “S.A. 1978”, idéntica a la que mi padre guardaba bajo llave.

Álvaro ayudaba donde tenía sentido.

Elena aceptaba únicamente lo que no la hacía perder autonomía.

Clara, en cambio, no tenía tantos reparos.

Le enseñaba los deberes.

Le preguntaba cosas sobre empresas.

Y aprovechaba cualquier visita para pedirle historias sobre su padre.

La insignia antigua se convirtió en un puente entre ellos.

Álvaro llevó un día una caja de madera.

Dentro había otra insignia idéntica.

—Era de mi padre.

Clara tomó la suya.

Las puso juntas.

—Entonces de verdad estuvieron allí.

—Sí.

Álvaro contó lo poco que sabía.

Su padre tenía 24 años cuando ocurrió el incendio.

Había quedado atrapado por el humo cerca de una salida bloqueada.

Julián Rivas y otros voluntarios consiguieron sacar a varias personas.

Durante décadas, el padre de Álvaro guardó aquella insignia porque uno de los equipos de auxilio había regalado algunas a los trabajadores rescatados.

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