Clara siguió comiendo.
Cuando terminó, quedaron unos pocos macarrones.
El cocinero se acercó.
—¿Los tiro?
La niña levantó la cabeza.
Elena sonrió.
Álvaro también.
—No —respondió Clara—. Guárdalos para mañana.
El recipiente quedó en la nevera con una pequeña etiqueta.
No porque alguien tuviera miedo de no cenar.