Entré en mi cocina y encontré a una niña de 10 años de rodillas, recogiendo macarrones del suelo mientras la administradora amenazaba con echar a su madre. “Tu madre se marcha hoy mismo”, dijo. No discutí: ordené revisar salarios, proveedores y 24 meses de cuentas. Entonces vi en la mano de la niña una insignia con “S.A. 1978”, idéntica a la que mi padre guardaba bajo llave.

Clara siguió comiendo.

Cuando terminó, quedaron unos pocos macarrones.

El cocinero se acercó.

—¿Los tiro?

La niña levantó la cabeza.

Elena sonrió.

Álvaro también.

—No —respondió Clara—. Guárdalos para mañana.

El recipiente quedó en la nevera con una pequeña etiqueta.

No porque alguien tuviera miedo de no cenar.

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