Faltaban apenas unas horas para que amaneciera. En una silla junto a la puerta ya estaba preparada una bolsa con su cuenco, sus medicinas y su vieja manta

Faltaban apenas unas horas para que amaneciera. En una silla junto a la puerta ya estaba preparada una bolsa con su cuenco, sus medicinas y su vieja manta. Por la mañana tenía que llevar a Murka al refugio y volver a casa sola. Estaba convencida de que no me quedaba otra opción. Pero aquella noche ocurrió algo que hace que todavía hoy me cueste mirar aquella bolsa.

Tengo 32 años y Murka lleva once conmigo. La encontré cuando todavía era estudiante, una fría tarde de noviembre, junto a una parada de autobús. Era una perrita pequeña, mojada y sucia que se escondía de la lluvia debajo de un banco. El veterinario calculó que tendría alrededor de un año. Me la llevé a casa solo para pasar una noche, pero aquella única noche acabó convirtiéndose en casi toda mi vida adulta.

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