Fui al bosque con mi padre.

El domingo por la mañana emprendimos nuestro viaje.

En el coche, mi padre permaneció inusualmente callado.

De vez en cuando me miraba de reojo, pero enseguida volvía a mirar la carretera.

Después de unos cuarenta minutos llegamos al bosque.

Al principio caminamos por un sendero normal.

Pero entonces mi padre sugirió adentrarse más en el bosque.

– Hay un lugar precioso allí que quiero enseñarte.

– Papá, casi no hay nadie aquí.

—Precisamente por eso te he traído aquí.

Me sentía cada vez más ansioso.

Unos minutos más tarde llegamos a un viejo banco de madera.

El padre se detuvo.

Miré a mi alrededor.

Entonces se volvió hacia mí.

De repente me agarró la mano.

– Finalmente, estamos solos.

Lo miré sorprendida.

– ¿Lo que está sucediendo?

Me miró fijamente a los ojos.

– Emily, ven aquí. Déjame besarte.

Retrocedí instintivamente.

– Papá, ¿por qué dices eso?

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