Y colgué.
Unos minutos después llamó Daniel.
Estaba furioso. Gritaba que había destruido todo aquello por lo que habían trabajado durante años.
—¡Mamá, si no devuelves ese dinero antes de mañana, iré a la policía!
—Haz lo que consideres correcto, hijo.
Después de decir aquello, apagué el teléfono.
Pero ninguno de los dos sabía que llevaba tres noches sin dormir.
Y, lo más importante, ninguno imaginaba a quién estaba esperando realmente en aquel resort.
Alrededor de las nueve de la noche bajé al restaurante. Apenas probé la comida. No dejaba de mirar hacia la entrada.
A las once regresé a mi habitación.
Mi pequeña maleta estaba junto a la puerta, con apenas unas cuantas prendas de ropa.
Poco después de medianoche escuché pasos en el pasillo.
Alguien se detuvo frente a mi puerta.
Llamaron tres veces.