Y en ese momento lo entendí todo.
No me amaba.
Amaba mi casa.
Mi dinero.
Mi nombre.
Mis seguidores.
Incluso mi edad.
Porque para él mi edad no era algo hermoso.
Era una ventaja.
Un cálculo.
Había pensado que yo estaba tan sola, tan desesperada por recibir afecto y tan vulnerable emocionalmente que no me daría cuenta de lo que estaba ocurriendo.
Había creído que unas cuantas palabras bonitas, algunos abrazos y unas fotos serían suficientes para convencerme de entregarle todo aquello por lo que había trabajado durante toda mi vida a un hombre que no me veía como una mujer.
Me veía como una oportunidad.
Pero se equivocó.
Puede que tenga 68 años.
Puede que extrañe sentirme amada.
Puede que algunas noches llore en silencio en una casa vacía.
Pero no estoy ciega.
Al día siguiente cancelé nuestra boda.