Así que nos sentamos.
Él habló muchísimo.
Me dijo que yo había cambiado su vida.
Que conmigo había encontrado una paz que nunca había sentido con mujeres más jóvenes.
Me dijo que cuando me miraba veía a una mujer, no una edad.
Y yo quería creerle.
Quería creerle con todas mis fuerzas.
Unas semanas después, me pidió matrimonio.
Sí.
Han leído bien.
Matrimonio.
Me dijo:
“No quiero esperar. La vida es corta. Quiero estar a tu lado. Que la gente diga lo que quiera. Te amo.”
Durante un largo momento no dije nada.
Dentro de mí luchaban dos versiones de Margaret.
Una, la Margaret inteligente y experimentada, me advertía:
“Ten cuidado.”
La otra, la Margaret solitaria, necesitada de cariño y cansada, me susurraba:
“Tal vez esta sea tu última oportunidad de ser feliz.”
Acepté su propuesta.
Esa noche lloré durante mucho tiempo.
Pero no eran lágrimas de dolor.
De verdad creí que tal vez Dios había enviado a alguien al último capítulo de mi vida para tomarme de la mano y caminar a mi lado.
Pero muy pronto empecé a notar cosas que no tenían sentido.
Daniel comenzó a interesarse demasiado por mis propiedades.
Al principio, sus preguntas parecían inocentes.
“¿Esta casa está completamente a tu nombre?”
“¿Quién administra tus negocios?”
“¿Tus hijos están involucrados en los asuntos de la herencia?”
“Si nos casamos, ¿cómo funcionaría legalmente todo?”
Intenté convencerme de que quizá era normal.
Tal vez solo estaba pensando en nuestro futuro.
Pero después comenzaron a aparecer otras señales.
Empezó a animarme a hablar públicamente de nuestra relación en mi blog.
Me decía:
“La gente tiene que ver que el amor no tiene edad.”
Sonaba bonito.
Muy bonito.
Pero poco a poco empecé a sentir que no le interesaba proteger nuestra relación de la atención pública.
Quería acceso a mi audiencia.
A mi nombre.
A mi reputación.
A la confianza de mis seguidores.
Hasta que un día vi por casualidad un mensaje que apareció en su teléfono.
Era de una mujer joven.
El mensaje decía:
“Ten paciencia. Falta muy poco. En cuanto todo esté firmado, nos iremos.”
Sentí que las manos se me helaban.
Al principio no dije nada.
Simplemente lo miré.
Él cerró rápidamente el teléfono, sonrió y fingió que no había pasado nada.