Mi suegro manejaba contratos de sumas astronómicas y estaba acostumbrado a doblegar cualquier obstáculo mediante dinero, presiones o contactos influyentes. Dentro de ese círculo, yo jamás encajé en su estándar social.
Solía presentarme ante los invitados como una modesta empleada de archivo militar.
Afirmaba que mi puesto no tenía relevancia, aunque al menos aportaba un ingreso regular.
Yo prefería no corregir sus comentarios despectivos para mantener la paz en el hogar.
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Diego sabía perfectamente a qué me dedicaba, pero nunca tuvo la iniciativa de aclarar la realidad ante sus padres. Lo que la familia Salcedo desconocía era que acumulaba nueve años de trayectoria jurídica en la Secretaría de la Defensa Nacional.
Mi labor implicaba resolver indagatorias disciplinarias, revisiones administrativas de alto impacto y litigios complejos donde la frialdad y el rigor normativo resultaban indispensables.
La cláusula sospechosa en el fideicomiso