Pero una excepción se convirtió en costumbre.
Y la costumbre terminó convirtiéndose en una expectativa.
Lo descubrí de la forma más
sencilla: observando qué pedían cuando creían que yo iba a pagar.
La diferencia era enorme.
Cuando cada quien asumía que debía hacerse responsable de su propio consumo, aparecían las opciones normales.
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Pero cuando mi tarjeta quedaba implícitamente sobre la mesa, cambiaba todo.
Langosta.
Cortes más caros.
Bebidas especiales.
Postres.
Otra botella.
Y cualquier cosa que alguien pudiera justificar con la frase “ya que estamos aquí”.
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Aquella frase había empezado a molestarme mucho antes de que admitiera por qué.
No era el precio de una bebida.
No era el costo de un postre.
Ni siquiera era la suma final de una cuenta que podía pagar sin poner en riesgo mis gastos del mes.
Era la sensación de que mi capacidad de pagar había dejado de ser un gesto y se había convertido en una obligación para todos los demás.