Yo me reí.
No porque quisiera verlo fracasar.
Me reí porque durante años aquellas tareas habían parecido tan fáciles cuando las hacía yo.
Ahora Daniel empezaba a descubrir que lo invisible también cuesta tiempo.
Emily no se volvió de pronto otra persona.
Tampoco yo esperaba eso.
Hubo días en que intentó regresar a viejos hábitos.
Una vez me llamó para preguntar si podía quedarme con los niños porque tenía una reunión relacionada con su nuevo puesto.
Antes yo habría dicho que sí inmediatamente.
Esa vez revisé mis propios planes.
—El jueves no puedo.
Hubo una pausa.
—¿Ni unas horas?
—No.
—Bueno. Veremos qué hacemos.
Y encontraron qué hacer.
Ese detalle, tan pequeño, cambió algo dentro de mí.
Durante mucho tiempo había creído que si yo no resolvía los problemas de mi familia, todo se caería.