Diez años de rituales y silencios
Cada aniversario de la desaparición de Emily, el padre repetía el mismo ritual. Se sentaba solo en la cocina, apagaba las luces y sostenía entre sus manos una bufanda rosada, ya desteñida por el tiempo, que había pertenecido a su hija. Era su manera de mantener viva una esperanza que, con los años, se había ido apagando, aunque nunca del todo.
Nora creció bajo ese mismo techo, aprendiendo a convivir con la ausencia invisible de Emily. Aunque el padre nunca la trató con reproche, ella siempre supo que en aquella casa había un vacío que ella no podía llenar. Los rumores del pueblo la acompañaron a la escuela, al mercado, a cada rincón de su adolescencia. Sin embargo, ambos formaron un vínculo genuino, construido sobre el respeto, la paciencia y una comprensión que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.