Quien mejor conocía aquellas restricciones era Victor Hale.
Victor llevaba tantos años junto a la familia Moretti que muchas personas habían llegado a considerar su presencia algo tan permanente como las propias paredes de la mansión.
Conocía los protocolos de seguridad.
Sabía qué médicos atendían a Dante.
Se ocupaba de las citas privadas.
Estaba familiarizado con las instrucciones relacionadas con sus heridas y sus episodios de confusión.
Cuando surgían preguntas sobre su recuperación, Victor solía tener una respuesta.
La explosión había dejado secuelas.
El fragmento seguía alojado cerca de la columna.
Los dolores de cabeza eran una consecuencia que Dante debía aprender a soportar.
Durante tres años, aquellas explicaciones se repitieron tantas veces que terminaron formando parte de la vida cotidiana de la casa.
Los empleados nuevos las aprendían rápidamente.
Los antiguos apenas necesitaban recordarlas.