—¿Siempre ha sido así? —le pregunté una vez.
Victoria negó con la cabeza.
—No. Pero tú no lo conoces como yo.
El día del cumpleaños de mi padre fui a su casa. Parecía agotado, pero cuando me vio, sonrió por primera vez aquella noche. Como había hecho desde niña, me senté en su regazo, le rodeé el cuello con los brazos y le besé la mejilla.
—Podrías cumplir cincuenta años y seguirías siendo mi niña —dijo riendo.
Victoria nos tomó una fotografía. Unos minutos después, la publiqué en internet con el siguiente texto:
“Mi lugar más seguro siempre estará en los brazos de mi padre.”
Cuando Victoria vio la publicación, su rostro palideció.
—Borra esa foto.
—¿Por qué?
—Simplemente bórrala.
Me negué. Se acercó a mí y susurró:
—Ni siquiera sabes a quién estás abrazando de esa manera.