Ahora, una vez por semana, trabajo como voluntario en el centro benéfico al que Eleanor dejó gran parte de su dinero.
A veces conozco allí a jóvenes que me recuerdan dolorosamente a la persona que yo era antes.
Miradas frías.
Orgullo herido.
Bolsillos vacíos.
Rabia contra el mundo entero.
A veces alguno me dice:
“Usted no puede entender lo que significa no tener nada.”
Normalmente sonrío en silencio.
Y entonces respondo:
“Lo entiendo mejor de lo que imaginas.”
Aquella caja de madera todavía está sobre mi mesa.
A veces la abro y vuelvo a leer la carta de Eleanor.
Y cada vez que lo hago, pienso en lo tarde que comprendí que Eleanor nunca había sido mi castigo.
Había sido mi salvación.
Me casé con ella porque quería aprovecharme de ella.
Y al final me dejó algo cuyo valor ningún testamento podría medir.