Entonces Daniel se movió a mi lado.
La realidad regresó de golpe.
Me incorporé lentamente y me envolví con la manta.
Daniel abrió los ojos.
Durante un momento, ninguno de los dos habló.
Entonces sonrió.
Fue una sonrisa pequeña.
Casi tímida.
Y me dolió más de lo que esperaba.
—Buenos días —susurró.
Aparté la mirada.