Su rostro cambió por completo.
—Así son ustedes ahora —dijo con irritación—. Solo quieren restaurantes.
—No firmé contrato de empleo contigo —le respondí—. Y no voy a rendir pruebas. Tengo cuarenta años de experiencia doméstica. Es suficiente.
Tomé la caja de bombones de la mesa.
—¿Adónde vas? —preguntó desconcertado.
—Aquí no hay mesa. Hay una cocina sucia y tus exigencias.
—Entonces vete —gritó—. Quédate sola.
La reflexión final
Esas palabras estaban pensadas para lastimarme. Pero no lo lograron. Él simplemente estaba probando hasta dónde podía tratarme de esa manera. La prueba de “buena ama de casa” es, en realidad, siempre una prueba de autoestima.
Si una mujer acepta lavar platos en la primera cita, significa que en adelante se le puede exigir cualquier cosa. Salí de aquel departamento tranquila, con la certeza de haber hecho lo correcto. A mi edad, ya aprendí que el amor no se demuestra fregando la cocina de un desconocido, y que el respeto propio vale más que cualquier compañía obtenida a costa de humillaciones.