Cinco minutos después, apareció una ubicación.
Un café a dos calles de mi antigua oficina.
Dudé.
Parte de mí quería ignorarlo todo.
Quería ir a casa.
Quería fingir que ese día no había ocurrido.
Pero algo me hizo arrancar el auto.
Cuando llegué, la vi sentada junto a la ventana.
Ya no parecía la mujer que encontré tirada en la carretera.
Ese día llevaba ropa sencilla, el rostro pálido y el cabello desordenado.Ahora llevaba un traje elegante y estaba acompañada por un hombre mayor con un maletín.
Al verme, se levantó inmediatamente.
—Sebastian.
Su voz era más fuerte de lo que esperaba.
Me quedé quieto.
—¿Cómo sabe mi nombre?
Ella sonrió levemente.
—Porque pasé las últimas dos semanas investigando a la persona que
me salvó la vida.
La frase me desconcertó.
—¿Dos semanas?
El hombre mayor se puso de pie.