Me volví hacia Mauricio sin soltar la puerta.

Me estaba diciendo que, si algún día veía una señal de que Mauricio había cruzado una línea, debía dejar de creer en las apariencias.

Miré a mi esposo.

—¿Tú sabías de esta casa?

—No.

—¿Sabías de la empresa?

Silencio.

—Mauricio.

Él bajó la cabeza.

Y eso fue suficiente.

Mi madre comenzó a llorar.

No por el dinero.

No por la casa.

Por mí.

—¿Por qué hiciste esto? —pregunté.

Mauricio levantó la mirada.

—Porque necesitaba dinero.

—¿Para qué?

No respondió.

Patricia lo hizo por él.

—Para pagar sus deudas.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Y mi madre?

Patricia bajó la cabeza.

—Cuando llegaste a casa, él necesitaba que alguien cuidara a los niños. Después decidió que tu madre podía hacer también el resto.

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