Aquella tarde regresaba de la ferretería que había levantado desde cero en Querétaro cuando vi a Elena parada frente al portón de nuestra casa, abrazando una pequeña bolsa de supermercado contra el pecho.
No estaba regando las rosas.
No estaba esperando a nadie.
Estaba llorando.
Estacioné la camioneta de golpe y bajé.
“¿Elena? ¿Qué haces aquí afuera?”
Cuando me miró, sentí algo frío en el estómago.
En una mano tenía las llaves de nuestra casa. En la otra llevaba pan, leche y la caja de medicamento que tomaba todos los días para el corazón.
“Javier”, murmuró. “Daniel cambió el código.”
Miré el teclado electrónico del portón.
“¿Qué?”
“Nuestro hijo cambió el código. Me dijo que ya no debía entrar.”
Por un momento creí haber entendido mal.
Daniel tenía 32 años. Era nuestro único hijo varón. Elena había pasado noches enteras junto a su cama cuando tenía fiebre. Yo había pagado su universidad, su primer automóvil y parte del enganche del departamento donde vivía con su esposa, Vanessa.