Llegó la cuenta.
Extendí la mano.
Laura hizo lo mismo.
Nos detuvimos.
Nos reímos.
—Yo pago lo mío —dijo.
Asentí.
—Está bien.
Dividimos la cuenta.
Una cosa completamente ordinaria.
Pero aquel
Llegó la cuenta.
Extendí la mano.
Laura hizo lo mismo.
Nos detuvimos.
Nos reímos.
—Yo pago lo mío —dijo.
Asentí.
—Está bien.
Dividimos la cuenta.
Una cosa completamente ordinaria.
Pero aquel