Adriana ya sabía.
Yo todavía no.
—Octavio te dejó hace tres años, ¿verdad?
Verónica la miró.
—Eso no tiene nada que ver.
—Sí tiene.
Adriana hablaba tranquila.
—Lo investigué.
—Él se divorció de ti.
—Tú ya no tienes la vida que dijiste que merecías.
Mi hija dejó el documento sobre la mesa.
—Y entonces viste el anuncio de mi boda.
—Viste que mi futuro esposo tiene una buena familia y una buena situación económica.
—Y pensaste que seis hijas adultas quizá podían convertirse en un lugar cómodo donde caer.
Verónica negó.
—Eso es horrible.
—¿Lo es?
—No regresaste cuando teníamos ocho, siete, seis o cinco años.
—Regresaste cuando todas crecimos.
—Cuando ya no había que criarnos.
—Cuando ya no había que pagar escuela, doctores o uniformes.
Pausa.
—No volviste a buscar una familia.
—Volviste buscando seguridad.