Ni mucho menos.
Pero ahora comprendo algo.
Mis hijos no necesitan un padre que nunca se derrumbe.
Necesitan un padre que, incluso después de derrumbarse, sea capaz de pedir ayuda y volver a ponerse de pie.
Todavía tengo miedo.
Pero ya no finjo que estoy completamente solo.
Y quizá ese fue el primer paso que durante tanto tiempo había tenido demasiado miedo de dar.