Cuando Adrián me abrazó frente al control de seguridad del aeropuerto, yo tenía los ojos llenos de lágrimas. Él creyó que me costaba aceptar que pasaríamos dos años separados.
No sabía que ya había descubierto la verdad.
—No llores, Clara —me susurró mientras me acariciaba el cabello—. El tiempo pasará rápido. Cuando vuelva, podremos cumplir todos nuestros planes.
Asentí, apretando la correa de mi bolso.
—¿Me llamarás cuando llegues?
—Por supuesto, cariño. Recuerda que hago esto por nuestro futuro.
Nuestro futuro. Esas palabras me dolieron más que la despedida.
Le acomodé el cuello del abrigo, como tantas veces durante nuestros nueve años de matrimonio.
—Que tengas buen viaje, Adrián.
Me dio un beso en la mejilla, tomó su maleta y se perdió entre los viajeros. Me quedé quieta hasta que ya no pude verlo. Después, me sequé las lágrimas.Eran reales, pero no lloraba porque se marchara. Lloraba por el hombre que yo había creído conocer.