Lo recordaba.
Recordaba a sus padres.
Y había pasado años buscando a la familia.
Pero eso todavía no explicaba por qué Daniel se había encerrado en la habitación de Lily.
—¿Por qué se lo contaste primero a Lily en vez de decírmelo a mí?
Su expresión cambió.
Arrepentimiento.
Miedo.
Vergüenza.
—Porque Anna viene mañana.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
—Quería conocernos.
—¿Invitaste a una mujer que nunca he conocido a nuestra casa sin decirme nada?
Daniel asintió lentamente.
—Entré en pánico.
Entonces Lily interrumpió.
—Papá dijo que tengo una prima.
Volví a mirar a Daniel.
—¿Una prima?
Daniel me mostró la última fotografía.
Era la hija de Anna.
La pequeña que se parecía inquietantemente a Lily.
La misma edad.
El mismo hoyuelo.
Los mismos grandes ojos marrones.
No por ninguna razón misteriosa o imposible.
Sino porque Anna y Daniel habían crecido juntos durante tanto tiempo que, en los recuerdos de Daniel, ella siempre había sido parte de la familia.