Y eso tomó meses.
Tomás tuvo que aprender de nuevo cosas que antes hacía sin pensar: sostener una cuchara, pronunciar palabras completas, ponerse de pie sin marearse. El primer día que logró caminar cinco pasos con bastón, Camila aplaudió como si hubiera ganado una medalla olímpica.
—¡Uno más, papá!
Él sonrió.
—Eres una entrenadora muy mandona.
—Lo aprendí de mamá.
Volvimos a reír.
Mi mamá mantuvo la casa a su nombre durante la recuperación, tal como Tomás había pedido. Con el abogado dejamos por escrito el derecho de vivienda de nuestra familia, decisiones de cuidado, disposiciones testamentarias y protecciones específicas para Camila. No queríamos depender nunca más de “la buena voluntad” de alguien que, bajo presión, pudiera cambiar de opinión.
Enrique pidió varias veces ver a su nieta.
Tomás no se lo prohibió, pero puso una condición.