Aprendí lo contrario.
Una familia no se destruye porque alguien proteja lo suyo. Se destruye cuando otros creen que el amor les da derecho a tomarlo.
También aprendí que una hija no vale menos porque algún día pueda casarse. No es una invitada temporal en la vida de su padre. No es “patrimonio perdido”. Y ningún apellido convierte la codicia en tradición.
Tomás apretó mi mano mientras Camila hacía volar su avión frente a nosotros.
—Te dije que esa casa era para ustedes.