Con el tiempo, la justicia hizo su trabajo y el seguro nunca se pagó. Aerovida volvió a manos de quienes la habían hecho crecer, empezando por los pilotos y los paramédicos que lloraron a mi madre como a una hermana. Pero lo que más me importa no está en ningún balance.
Los domingos, Aurelio llega a casa con una bolsa de pan y una caja de juguetes que Mateo todavía no sabe usar. Lo carga en brazos, lo mira a los ojos y le cuenta historias de montañas y helicópteros.
Perdí a un esposo que nunca existió. Pero gané un padre que me llevaba buscando desde antes de nacer, y un hijo que creció sabiendo que, cuando todas las puertas se cierran, siempre puede haber una salida si alguien te enseñó dónde buscarla.