Caí de rodillas y rompí a llorar.
Aquel mismo día conocí a mi hija, Claire.
Tenía treinta años.
Cuando me vio, permaneció inmóvil durante varios segundos.
Después corrió hacia mí.
Nos abrazamos como si intentáramos recuperar los treinta años que nos habían robado.
Acepté inmediatamente someterme a todas las pruebas necesarias para averiguar si podía ser donante para Lily.
Los médicos me explicaron que ser familiares de sangre no significaba automáticamente que fuéramos compatibles.
Pero, por primera vez en muchos años, sentí que quizá podía hacer algo por mi familia.
Aquella noche le dije a Daniel que quería divorciarme.
El secreto que había guardado era demasiado devastador como para que pudiera perdonarlo.
Richard también asumió la responsabilidad de lo que había hecho y aceptó entregar todos los documentos a los abogados.
Tres meses después, encontraron un donante compatible para Lily y la pequeña superó con éxito una etapa importante de su tratamiento.